Miami, Florida — Marzo 2026
La selección de Venezuela hizo historia. Derrotó a Estados Unidos en el loanDepot Park de Miami y conquistó, por primera vez, el Clásico Mundial de Béisbol. Un triunfo que paralizó al país, que unió a la diáspora y que devolvió, por unas horas, algo que parecía perdido: el orgullo nacional. Pero hay algo que debe quedar absolutamente claro: esta no es la victoria de Miguel Cabrera.
Algunos sectores mediáticos intentan hoy personalizar este logro. Intentan colocarle nombre propio. Intentan reducirlo a una figura. Y no. Este triunfo no le pertenece a una persona. Le pertenece a un equipo de peloteros venezolanos que, desde el exterior, desde ligas competitivas, desde la disciplina y el talento, construyeron una hazaña histórica. Le pertenece a una generación que creció en medio del colapso de Venezuela y que, aun así, decidió competir, ganar y representar al país con dignidad.
Miguel Cabrera es, sin duda, uno de los mejores peloteros en la historia del béisbol venezolano. Pero también es público y notorio que ha mantenido cercanía con figuras del poder chavista. Y eso, en un país donde millones han sufrido persecución, exilio y miseria, no es un detalle menor. No se trata de borrar su carrera deportiva. Se trata de no manipular la narrativa. Porque una cosa es el talento deportivo y otra muy distinta es la posición frente a la tragedia nacional.
Esta victoria llega en un contexto distinto. Un momento donde Venezuela comienza a respirar otro aire. Donde se rompe el peso de una estructura que durante años intentó controlar todo: la política, la economía y hasta el relato nacional. Este campeonato no nace del sistema. No nace del poder. No nace del chavismo. Nace de los venezolanos. De los que se fueron. De los que resistieron. De los que crecieron lejos de la propaganda y cerca de la competencia real.
Que no se equivoquen. Que no manipulen. Que no reescriban la historia. No es la victoria de una figura. No es la victoria de una narrativa conveniente. Es la victoria de un país entero. De un equipo que jugó con hambre, con disciplina y con identidad.
Venezuela no ganó solo un campeonato. Ganó algo más importante: recuperó un símbolo. Y ese símbolo no tiene dueño individual. Tiene bandera. Tiene historia. Tiene pueblo.
Que quede claro: no es la victoria de Miguel Cabrera. Es la victoria de una generación de peloteros y de un país que, incluso en medio de la adversidad, sigue demostrando que puede levantarse y ganar.
